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Otro poco…

Cuando describí anteriormente que me gustaría ser una “profe ideal”, no pensé que pocos días después iba a tener una manzana roja, mis favoritas, sobre mi escritorio y desde entonces no me falta una hermosa fruta roja allí que no demoro devorar en el descanso.  No alcanzaba a imaginar que mis estudiantes me dijeran que llegar a mi salón de clases les parecía cada vez más agradable y disfrutaban ahora si aprender de esas “odiosas” Matemáticas, que por tanto han dejado de serlo.  Me sorprendí al notar la motivación de mis pupilos al querer saber más acerca de la historia de las ciencias y de la Física en especial, resultado que al final evidencié en hermosos e interesantes plegables que elaboraron cada uno alusivos a la Física y sus principales científicos con los cuales después pude decorar mi salón con llamativas carteleras. Me han sacado sonrisas, muchas. Algunas precedidas de un regaño para que me pongan atención.  Los he visto esforzarse por hacer bien los ejercicios, más que por sacar buena nota, lo hacen por querer aprender, he jugado al “frisbee” con ellos en el descanso, hemos compartido obras de teatro y con algunos me he sentado a conversar.  Hoy una estudiante me sorprendió con un fuerte abrazo cuando le dije que había pasado la materia para el primer período, tan fuerte fue que me dolieron las costillas, un abrazo rompehuesos que me lleno el corazón de satisfacción por ser maestra.  No todo es color de rosa, algunos me han decepcionado, en ocasiones he cometido mis errores también y he tenido en las dos últimas semanas más trabajo de lo normal.  Aún así, amo lo que hago, lo disfruto y me hace feliz.

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La profe ideal

Volví a las aulas de clase.  Volví a ponerme mi vestido de profe, a llevar mis apuntes y mis planillas de notas, a colgarme las gafas,  estudiar, consultar,  investigar y enseñar.  No recuerdo un día de mi existencia en la que no me haya imaginado ser lo que soy ahora y me gusta, pero igual hay cosas que me cuestionan.

Todas las noches antes de dormir pienso en mis clases y en mis estudiantes.  Me gusta dar lo mejor de mi, me gusta ir bien preparada y planeo mis clases con antelación, pero más que eso, son otras cosas en las que tengo que pensar a diario.  Preparo una lectura que espero que les guste, me imagino un discurso sobre un determinado tema que no sea matemático o físico y redacto una historia.  Quiero motivarlos, quiero orientarlos y me encanta cuando es posible darles a enteder la importancia de las cosas, más que los contenidos de mis áreas, imparto valores.  Me gusta cuando me tiran picos o me dan las gracias porque por fin comprendieron algo que antes les era imposible, adoro sus abrazos que me dan en el transcurso del día y me entristece cuando toca regañarlos. Me es todavía peor cuando me pongo furiosa y antes de pronunciar palabra, sintiendo el calor en mi cuerpo y la boca a punto de estallar en un gran grito de ¡Silencio!, respiro hondo y sigo con mi tema. Pero, ¿qué se puede hacer ante un grupo de jovencitos que no te escuchan?.  Menos mal mis chicos no son altaneros, son responsables con las tareas, no objetan los trabajos y es muy rico estar allí, con ellos, en ese frio tan delicioso, con los arbolitos asomándose por mis ventanas, con mis libros y experimentos a punto de enseñar.

Y aunque amo mi trabajo, aunque me gusta levantarme temprano para viajar hora y media hacia el colegio y llegar a ese lugar tan cálido, yo me duermo pensando en quiero ser para ellos, la profe ideal.