Archivo de la etiqueta: enseñar

La profe ideal

Volví a las aulas de clase.  Volví a ponerme mi vestido de profe, a llevar mis apuntes y mis planillas de notas, a colgarme las gafas,  estudiar, consultar,  investigar y enseñar.  No recuerdo un día de mi existencia en la que no me haya imaginado ser lo que soy ahora y me gusta, pero igual hay cosas que me cuestionan.

Todas las noches antes de dormir pienso en mis clases y en mis estudiantes.  Me gusta dar lo mejor de mi, me gusta ir bien preparada y planeo mis clases con antelación, pero más que eso, son otras cosas en las que tengo que pensar a diario.  Preparo una lectura que espero que les guste, me imagino un discurso sobre un determinado tema que no sea matemático o físico y redacto una historia.  Quiero motivarlos, quiero orientarlos y me encanta cuando es posible darles a enteder la importancia de las cosas, más que los contenidos de mis áreas, imparto valores.  Me gusta cuando me tiran picos o me dan las gracias porque por fin comprendieron algo que antes les era imposible, adoro sus abrazos que me dan en el transcurso del día y me entristece cuando toca regañarlos. Me es todavía peor cuando me pongo furiosa y antes de pronunciar palabra, sintiendo el calor en mi cuerpo y la boca a punto de estallar en un gran grito de ¡Silencio!, respiro hondo y sigo con mi tema. Pero, ¿qué se puede hacer ante un grupo de jovencitos que no te escuchan?.  Menos mal mis chicos no son altaneros, son responsables con las tareas, no objetan los trabajos y es muy rico estar allí, con ellos, en ese frio tan delicioso, con los arbolitos asomándose por mis ventanas, con mis libros y experimentos a punto de enseñar.

Y aunque amo mi trabajo, aunque me gusta levantarme temprano para viajar hora y media hacia el colegio y llegar a ese lugar tan cálido, yo me duermo pensando en quiero ser para ellos, la profe ideal.

La felicidad en Tumacondo

“El problema de la educación pública en ciencias y otras disciplinas es tan profundo que es fácil desesperarse y llegar a la conclusión de que no se resolverá nunca. Y, sin embargo, hay instituciones en las grandes ciudades y pueblos pequeños que proporcionan una chispa, que despiertan la curiosidad adormecida y avivan al científico que todos llevamos dentro”.

CARL SAGAN

 

“Si algún día tuviese la oportunidad de hacer un trabajo sin cobrar dinero, lo haría en Tumaco”.  Con esta frase aterricé en Medellín el pasado lunes 24 de noviembre después de haber pasado una de las mejores semanas de mi vida mezclada con placer y trabajo, más de lo segundo que de lo primero, pero teniendo en cuenta que me gustó tanto lo que hice que no habrá más placer que ver a mis maestros felices con las enseñanzas que les dejé. Fui maestra de maestros y aunque no fue cosa sencilla las dos primeras horas, el resto fue una experiencia de dar y recibir que me llenó el alma, me alimentó el corazón, me estimuló el cerebro y me dejó una partecita de vida feliz.

Llegar a Tumaco es como llegar a Macondo y sobre todo si llegas en un día festivo.  La Perla del Pacífico fue apodada inmediatamente por mi como Tumacondo,  apodo que tampoco es muy original pero si es bastante apropiado.  Ese mismo día empezamos labores, a programar los talleres de la semana y a enfrentarnos al reto de darle clase a 240 maestros sólo de matemáticas, el resto 842, de otras áreas.

Aún con el calor de la región, el solecito que te quemaba en las tardes, los mariscos en las comidas, la brisa y el mar de las cinco de la tarde, se cumplió con el programa a cabalidad.  Al final la recompensa, las felicitaciones por parte de mis maestros y de las directivas, reconocimientos por medios de comunicación y una canción cantada al unísono por mis 46 maestros a cargo, besos, abrazos y regalos que no podían faltar.  El corazón queriéndoseme salir cuando los escuchaba a todos los cuarenta y seis cantar: “cosas como tú”, unas lágrimas de alegría y la felicidad que da la satisfacción de haber hecho las cosas bien, más que bien, super bien.

Una celebración en la Isla de Bocagrande del Pacífico, totalmente distinta a la del Atlántico, mi primer mar.  Ese mar salado, no tan azul, no tan negro, de arena café plagada de cangrejos de todos los tamaños y de conchas de caracol.  Jamás me había divertido tanto corriendo detrás de ellos como si fuesen hormigas.

La sensación de la arena entre los dedos de mis pies, el mar infinito sin más tierra a mi izquierda y a mi derecha.  Colón sabía muy bien porqué la Tierra era redonda y no tenía que ser un experto. Una isla solitaria para treinta, una playa tan extensa que te tardabas horas en recorrerla sin cruzarte con nadie en el camino. 

Ese mar, esa playa, mis compañeros, mis amigos, mis maestros, mi paraíso.