Archivo de la categoría: Labios rojos

Me siento…

Me siento como si estuviera caminando por viejas calles… será que me animo a recorrer viejos caminos con mis zapatos nuevos?


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Del amor y otros placeres

Recién en una de mis adoradas noches frías acompañada con una copa de vino tinto, bajo la sombra de mi lámpara cuya luz golpeaba tenuemente las hojas de mi libro de turno, me detuve a pensar en los años, en la felicidad y el amor de otros tiempos, en la tristeza y desamor que le conllevó después y decidí escribir algo que no me había atrevido hacer público quizá por querer reservar algo que se sabe a gritos y no sólo a quienes nos incumbe.

Para ninguno de mis amigos y mi familia, es un secreto de que alguna vez estuve perdidamente enamorada, que aunque no fue la primera vez, si fue la más intensa y la que más en serio me tomé. Pero como en asuntos del corazón nadie tiene la última palabra, mi felicidad momentánea se vio seriamente afectada y ese amor murió de la misma forma como nació: lento.  Durante meses me debatí entre lo que para mi fuera lo peor, entre perder el amor de mi vida o perder a uno de mis mejores amigos, sin darme cuenta que al amigo lo había perdido en el momento en que nuestros cuerpos se juntaron por primera vez una noche de invierno en un pueblo cercano.

“Hay dos  en la vida
para los que no nací
dos momentos en la vida
que no existen para mí,
ciertas cosas en la vida
no se hicieron para mí
hay dos días en la vida
para los que no nací.

El primero de esos días
fue cuando te conocí…

El segundo de esos días
fue justo el que te perdí….

 

Pero como siempre lo he pensado, de amor nadie se muere y desafortunadamente el mundo no se detiene, a pesar de querer desfallecer y sobrellevar una enfermedad crónica que de vez en cuando reaparece con sus síntomas generada por el estrés, mi vida siguió su ritmo y con nuevos rumbos, pero no sin tener que aprender otra vez a caminar con pasos firmes y seguros mientras otros comían perdices y vivían felices por el tiempo que les duró el amor, porque eso sí, sin ser pesimista, el amor es eterno mientras dura y generalmente lo que empieza mal, termina mal.  Pero eso es harina de otro cuento que ya no es mio y no importa nada más que yo y lo que siento.

 Me devuelvo muchos años atrás, mucho antes que esto y recuerdo un cuento que leí cuando estaba en el colegio, que para quien no me conoce o quien me conoce y no lo sabe, de lo que más me gusta leer son los cuentos una y otra vez casi hasta aprendérmelos de memoria. Este cuento, titulado “El corazón de oro” me enseñó que aquellos corazones más hermosos no eran aquellos que no habían sufrido cicatrices sino por el contrario, aquellos que tenían hermosas heridas y que demostraban lo mucho que habían experimentado y aprendido en sus vidas.

Y si de los fracasos del amor hay algo bueno, es que a pesar de todo, mucho se puede aprender, caer y levantarse, desenamorarse, desprenderse para enamorarse de nuevo. No es necesario leerse a Walter Riso ni leer novelas rosa para sentir así, simplemente es natural, quien lo niegue debe tener un corazón de piedra o hacer primar la razón sobre su corazón quizá por ocultar un miedo.  A mi, ser profesora de matemáticas y física, ser amante de la ciencia y ser ingeniera no me restó ser humana y tener un corazón tan grande como lo tengo.

 Aunque quisiera mil veces tener mi corazón como un lienzo en blanco, listo para ser redecorado, mejor aprovecho aquellos toques fuertes y suaves, de rojos intensos y grises opacos para darle nuevos tonos y brillos que hagan de mi existencia uno de los mejores placeres al vivirla, porque nadie quiere vivir sin amor aún después del amor.

Porque las mejores delicias de este mundo se hacen en dos, como dormir entrepiernados con la sincronización de los movimientos al voltearse para acomodar los huesos, como cuando se logra dormir toda la noche sin despegarse al pesar del calor, cuando las pieles se juntan en una sola lascivia y se experimenta la más apasionadas de las lujurias, esos olores característicos del cuerpo que se ama, las sonrisas cómplices en el metro, en el cine, en el restaurante, en la casa de los amigos.  El compás de los cuerpos horizontales, los besos públicos, los besos privados, unos labios siempre dispuestos.  Las charlas, los cafés, las disputas, los consensos,  los acuerdos, desacuerdos, los mensajes de texto.

El amor me está esperando a la vuelta de la esquina…

Otro poco…

Cuando describí anteriormente que me gustaría ser una “profe ideal”, no pensé que pocos días después iba a tener una manzana roja, mis favoritas, sobre mi escritorio y desde entonces no me falta una hermosa fruta roja allí que no demoro devorar en el descanso.  No alcanzaba a imaginar que mis estudiantes me dijeran que llegar a mi salón de clases les parecía cada vez más agradable y disfrutaban ahora si aprender de esas “odiosas” Matemáticas, que por tanto han dejado de serlo.  Me sorprendí al notar la motivación de mis pupilos al querer saber más acerca de la historia de las ciencias y de la Física en especial, resultado que al final evidencié en hermosos e interesantes plegables que elaboraron cada uno alusivos a la Física y sus principales científicos con los cuales después pude decorar mi salón con llamativas carteleras. Me han sacado sonrisas, muchas. Algunas precedidas de un regaño para que me pongan atención.  Los he visto esforzarse por hacer bien los ejercicios, más que por sacar buena nota, lo hacen por querer aprender, he jugado al “frisbee” con ellos en el descanso, hemos compartido obras de teatro y con algunos me he sentado a conversar.  Hoy una estudiante me sorprendió con un fuerte abrazo cuando le dije que había pasado la materia para el primer período, tan fuerte fue que me dolieron las costillas, un abrazo rompehuesos que me lleno el corazón de satisfacción por ser maestra.  No todo es color de rosa, algunos me han decepcionado, en ocasiones he cometido mis errores también y he tenido en las dos últimas semanas más trabajo de lo normal.  Aún así, amo lo que hago, lo disfruto y me hace feliz.

Un nuevo rumbo

Es curioso que después de escribir el post anterior, mi vida allá dado nuevamente un giro que cambió mi rumbo pero no mi norte.  Estas dos últimas semanas han sido de locura, el cambio trajo consigo una gripa llorona que sólo duró tres días producto de la sintomatización que realizo cuando algo me saca de equilibrio pero apenas logré estabilizarme un poco y con ayuda de un Distrán, desapareció.  Dicen por ahí, los bien hablados, que mi semblante es otro y no es para más, cada cambio significan nuevas oportunidades, una ocasión perfecta para redimirnos de algún suceso del pasado o un una muy buena esperanza.  Con tanto que tengo por hacer últimamente no he tenido mucho tiempo para pasarme por los blogs y mucho menos, por el mío.  No me he ido, no he dejado abandonado mi café ni tampoco no he vuelto porque estoy triste, todo lo contrario, aún no tengo los pies en la Tierra.  Apenas aterrice de nuevo y mi cabeza deje de orbitar en Júpiter, mi planeta favorito, volveré porque extraño las charlas y los cafés que siempre me tomo por acá.

Una maquinita en perpétuo movimiento

No es tarde, pero estoy un poco cansada y tengo tanto sueño que me parece que lo es. Sin embargo cuento las horas que necesito dormir para levantarme fresca y lozana y me doy cuenta que todavía puedo aprovechar dos horas más para hacer las cosas que quiero o las que necesito hacer, aunque con el pragmatismo que me caracteriza, a estas horas del día, o de la noche, jamás haría algo que tuviera que hacer a menos que me gustara.

Me detengo acá y leo el párrafo anterior y recuerdo meses, e incluso años atrás, en las que la vida era otra cosa porque yo lo había querido así. Tardes enteras sentadas en el parque con unas pocas cervezas en compañía de dos de mis mejores amigos, disertando sobre la vida, la ciencia, la literatura, cine y la música. Tardes y noches en las que mis amigos fueron mis psicólogos y yo el de ellos, en las que aprendí y desaprendí tantas formas de ver y de vivir la vida. Esas tardes no están muy lejos y tampoco han dejado de existir, pero cada vez son menos.

Lo es, porque lo he escogido así. En otras palabras, no soy mujer de rutinas y lo que más me mueve en el mundo es la innovación. Si no encuentro algo novedoso en el curso en el que me muevo, mi espíritu me impulsa a buscarlo en otros recónditos o no tan recónditos lugares y en personas con las que yo puedo sentir algo nuevo para volver a aprender y desaprender. Mi vida está cerca de ser, en otras palabras, un claro ejemplo de una máquina ideal de movimiento contínuo, salvo por supuesto, que aún no se ha descubierto una fuente de energía infinita e ilimitada y que además, y menos mal, no soy un ser inmortal.

Aquí me encuentro haciendo la retrospectiva de un poco más de un año y orgullosa por ser en estos momentos reconocida en mi trabajo por haber alcanzado los primeros objetivos propuestos, y digo primeros porque estos conllevan a más. Y no sólo eso, también estoy en la recta final de cumplir uno de mis objetivos a nivel profesional que al mismo tiempo se ha convertido en un reto personal. Mi cabeza está llena de ideas, de proyectos, de metas y por supuesto, de sueños. Y aunque no faltarán las dificultades, a paso lento pero seguro, los alcanzaré.

Los alcanzaré, “…aunque sea lo último que haga, ¡lo último que haga!”. Gárgamel refiriéndose a los Pitufos.

Bus Stop

bus_stop_by_brips

Bus Stop by ~Brips on deviantART

Afuera llueve, no quisiera que escampara.  Me quiero acurrucar en mi cobija, no importa si estoy sola, me abrazaré a ella mientras calienta mi cuerpo.  La parada de bus en la tarde me inundó de pensamientos. Éramos muchos bajo el techo huyendo de la tempestad, los que estábamos en la periferia aguantábamos un poco más de un viento muy frío y padecimos de algunas gotas de lluvia. Los de más al centro, quizá estaban más tibios al calor de los cuerpos más cercanos, resguardados por un muro de personas protegiéndolos del invierno.   

Las gotas de lluvia golpean mis ventanas y recuerdo la parada de bus en la tarde, no porque me haya molestado el tiempo climático inclemente arreciando contra nosotros, sino porque por esta vez todos de pie, todos juntos, éramos tantos, unos cuantos tantos ¡esperando lo mismo!.

Y me la bajaron…

Acá está…

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Tomado de http://www.tutehumor.com.ar/