Entre Charlas y Cafés

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Olvido

Enero 7, 2009 · 7 comentarios

” ¡ Qué sosiego produce pensar que el olvido no llega tan rápidamente como creemos, ni es tan absoluto como se supone…!”

Marguerite Yourcenar

Cuentos Orientales

La sonrisa de Marko

Categorías: Frases · Libros
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Mil grullas / Isabel Bornemann

Octubre 13, 2008 · 14 comentarios

 

Naomi Watanabe y  Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos.

Porque ellos eran nuevos en el mundo. También, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Naomi y Toshiro no entendían muy bien qué era lo que estaba pasando.

 Desde que ambos recordaban, sus pequeñas vidas en la ciudad japonesa de Hiroshima se habían desarrollado del mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de arroz que flotaban en la sopa diaria y el miedo que apretaba las reuniones familiares de cada anochecer en torno a la noticia de la radio, que hablaban de luchas y muerte por todas partes.

Sin embargo, creían que el mundo era nuevo y esperaban ansiosos cada día para descubrirlo.

¡Ah… y también se estaban descubriendo uno al otro!

Se contemplaban de reojo durante la caminata hacia la escuela, cuando suponían que sus miradas levantaban murallas y nadie más que ellos podían transitar ese imaginario senderito  de ojos a ojos.

Apenas si habían intercambiado algunas frases. El afecto de los dos no buscaba las palabras. Estaban tan acostumbrados al silencio…

Pero Naomi sabía que quería a ese muchachito delgado, que más de una vez se quedaba sin almorzar por darle a ella la ración de batatas que había traído de su casa.

-No tengo hambre –le mentía Toshiro, cuando veía que la niña apenas si tenía dos o tres galletitas para pasar el mediodía. -Te dejo mi vianda –y se iba a corretear con sus compañeros hasta la hora de regreso a las aulas, para que Naomi no tuviera vergüenza de devorar la ración.

Naomi… Poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero ese futuro quedaba tan lejos aún… (más…)

Categorías: cuentos
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Abuelita, ¿por qué tienes el corazón tan grande?

Octubre 6, 2008 · 12 comentarios

“Este año se cumplen 331 años de haber sido publicada en Francia la primera Caperucita Roja.  A partir de ese año han surgido cientos de versiones, y para citar un ejemplo, en Alemania, 115 años después, apareció en la versión en la que un cazador rescata a Caperucita y a su abuela de la panza de Lobo, asunto que no aconteció en la versión francesa. Ttambién aparecieron otras donde la abuela es la mala o el lobo un “tipo estupendo” .  Inclusive hay una historia de un colombiano donde la chica es una coqueta.”

Cuando era niña hasta la etapa de adulta joven, madrugaba los sábados a ver caricaturas en la televisión. De las que más me gustaban estaba la de los “Cuentos de los hermanos Grimm” y entre todos los cuentos que pude ver, me gustaba mucho el de Caperucita Roja.

 

Me gustaba tanto el cuento, que cuando niña, me disfrazaron de Caperucita Roja con mi caperuza roja, mis zapatitos rojos, mi vestido rojo y mi canastita que se llenó de dulces cuando recorrí en compañía de mi abuelita las calles del centro y de mi barrio.  Me sentía la niña más feliz del mundo y por lo que veo en las fotos, lo era.  Si bien el cuento de la Caperucita Roja tiene mucha relación con una abuelita, mi época de infancia está marcada por ambas: mi abuelita Maruja y mi amor por Caperucita Roja.

 

Charles Perrault quizás no imaginaría que 331 años después, su cuento estaría más vivo que nunca, que habría dejado marca en miles de generaciones y que incluso, en Colombia, específicamente en Medellín, alguien haría una exposición fantástica sobre su colección a la que llamó: “Caperucita Roja, Te Amo: Mi Colección”, exposición que volví a disfrutar en la Fiesta del Libro 2008 que este año estuvo mejor que nunca con tantos libros, conciertos, el bibliocirco, talleres, conferencias y mucho más.

 

Digo que “vuelvo”, porque la primera vez que la vi fue hace algunos meses en la sala de exposición de Comfenalco Antioquia, entidad encargada de dicha colección que cuenta con libros, fotos, videos y diversos artículos,  de la que salí más que entusiasmada por dicho personaje, tanto que ahora cuento con dos libretas de colección y otras cositas.

 

Ojalá todavía conservara mi caperuza roja pues ya han pasado años y con toda seguridad ahora no me serviría.  Entonces me conformo con mi chaqueta roja que cuando la luzco parezco una chica sexy salida de un grupo de contraespionaje ruso,  pero pronto se acerca el día de las brujitas y no descarto la idea de disfrazarme nuevamente de ella, de Caperucita Roja.  Sólo que ahora tengo mucho de donde escoger, si de la Caperucita supersónica, Caperucita Roja Eléctrica, Caperucita Erótica, entre otras, incluyendo la Caperucita Roja tradicional .

 

Aún faltan días, esta tarde saldré a conseguir, al menos, la tela roja para mi caperuza… no será que algún día me encontrase un lobo que tenga un corazón tan grande que quiera comerme.

 

CAPERUCITA ROJA

 

Caperucita Roja visitará a la abuela

que el poblado próximo sufre de extraño mal.

Caperucita roja,  la de rizos rubios

tiene el corazoncito tierno como un panal.

 

A las primeras luces ya se ha puesto en camino
y va cruzando el bosque con un pasito audaz.
Sale al paso Maese lobo, de ojos diabólicos.
“¡Caperucita Roja, cuéntame a dónde vas!”.

 

Caperucita es cándida como los lirios blancos.
“Abuelita ha enfermado. Le llevo aquí un pastel
y un pucherito suave, que se derrite en jugo.
¿Sabes del pueblo próximo? Vive a la entrada de él”.

 

Y ahora, por el bosque discurriendo encantada,
recoge bayas rojas, corta ramas en flor.
Y se enamora de unas mariposas pintadas
que le hacen olvidarse del viaje del Traidor.

 

El lobo fabuloso de blanqueados dientes
ha pasado ya el bosque, el molino, el alcor,
y golpea en la plácida puerta de la abuelita
que le abre. ¡A la niña, ha anunciado el traidor!

 

Ha tres días la bestia no sabe de bocado.
¡Pobre abuelita inválida, quién la va a defender!
… Se la comió riendo toda y pausadamente
y se puso en seguida sus ropas de mujer.

 

Tocan dedos menudos a la entornada puerta.
De la arrugada cama, dice el Lobo: “¿Quién va?”.
La voz es ronca. “Pero la abuelita está enferma”,
la niña ingenua explica. “De parte de mamá”.

 

Caperucita ha entrado, olorosa de bayas.
Le tiemblan en las manos gajos de salvia en flor.
“Deja los pastelitos; ven a entibiarme el lecho”.
Caperucita cede al reclamo de amor.

 

De entre la cofia salen las orejas monstruosas.
“¿Por qué tan largas?”, dice la niña con candor.
Y el velludo engañoso, abrazando a la niña:
“¿Para qué son tan largas? Para oírte mejor”.

 

El cuerpecito tierno le dilata los ojos.
El terror en la niña los dilata también.
“Abuelita, decidme ¿por qué esos grandes ojos?”
“Corazoncito mío, para mirarte bien…”

 

Y el viejo Lobo ríe, y entre la boca negra
tienen los dientes blancos un terrible fulgor.
“Abuelita, decidme ¿por qué esos grandes dientes?”
“Corazoncito, para devorarte mejor…”

 

Ha arrollado la bestia, bajo sus pelos ásperos
el cuerpecito trémulo, suave como un vellón,
y ha molido las carnes y ha molido los huesos
y ha exprimido como una cereza el corazón.

 

 Gabriela Mistral 

 

 

 

 

Categorías: Labios rojos · cuentos · poemas
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El hombre que todo lo podía

Septiembre 7, 2008 · 7 comentarios

 

Había un hombre que lo podía todo. No sé si era un hombre del tiempo en que las magias eran verdaderas, o un hombre que llegó a conseguir todo lo que en condición terrena se puede alcanzar.  Su nombre real, simplemente, el hombre que todo-lo-podía.

 

Cierto día, el hombre que todo-lo-podía se cansó del tráfago de su metrópoli y buscó lugares solitarios para poder oír el silencio y gozar de la tranquilidad de estar parado.  Pasados algunos días, comenzó a reflexionar y con la reflexión vino la perturbación.  Se encontraba girando a una velocidad de 1.700 km. por hora, pues esta es la velocidad con que gira la Tierra alrededor de su eje.  Se cansó de la Tierra, que lo arrastraba consigo irresistiblemente.

 

Como era el hombre que todo-lo-podía, resolvió abandonar el suelo terrestre y situarse por encima de él, más allá de la estratosfera, en el tranquilo silencio del satélite.  Corría mucho, pero, al menos, giraba sobre su eje a una velocidad inferior a la de la Tierra.  Pero cierto día se sobresaltó su corazón.  Se percató de que nada había conseguido por su huída. En realidad estaba girando junto con la Tierra y con todos los seres que se hallaban bajo el campo de atracción a 107.000 kms. por hora alrededor del Sol.

 

 Ideó una solución que le iba a garantizar su tranquilidad. Decidió salirse totalmente de la órbita terrestre. Y fijó su morada más allá de la órbita de Júpiter. Allí iba a estar, por fin, libre de la asfixiante velocidad de la Tierra.  Pero al poco tiempo volvió a sentirse súbitamente preocupado.  Pese a haberse alejado mucho de la Tierra, no había logrado todavía huir del Sol. Con el Sol y con todos los demás planetas del sistema solar, se encontraba girando a 774.000 kms. por hora en torno al centro de nuestra galaxia.

 

Como era el hombre que todo-lo-podía, decidió trasladarse fuera de nuestro sistema solar.  Buscó otros parajes cósmicos.  Se instaló allí, tan lejos y tan tranquilo, que le importaba muy poco saber en qué sistema se había situado.  Por lo menos estaba fuera de las vertiginosas velocidades del sistema solar.

 

Pero cierto día tropezó con un dato que le quitó por completo la tranquilidad que había encontrado.  Estaba, efectivamente, girando a una velocidad de locura, 2’172.000 km. por hora, acompañando a nuestra galaxia en un viaje en torno al centro de un conjunto de 2.500 galaxias vecinas.

 

Se enfureció.  Intentó todo lo que podía – no se olvide que se llamaba el hombre que todo-lo-podía; se puso a andar en sentido inverso al movimiento de la galaxia, despacio, muy despacio.  Con relación a la velocidad exorbitante de los demás podía sentirse verdaderamente parado.

 

Pero cierto día enmudeció aterrorizado e impotente.  Se dio cuenta de algo terrible para su tranquilidad: integrado en el conjunto de todos los cuerpos cuestes – Tierra, Sol, galaxias, conjunto de galaxias, estaba corriendo o mejor, huyendo, a una velocidad de 579.000 km. por hora, de un punto del espacio donde, muy probablemente, todos los cuerpos celestes tuvieron su origen en una gigantesca explosión ocurrida diez mil millones de años antes.

 

El hombre que todo-lo-podía, repentinamente, intuyó que no podía más.  Por más que huyera, no huía lo suficiente.  Estaba llevado por algo mayor, que lo envolvía. Buscar la tranquilidad significaba perderla.

 

Y el hombre que-todo-lo-podía renunció a  su nombre y a sus pretensiones.  Regresó humildemente a su Tierra y, una vez en ella, tornó a su casa.  Se sentó tranquilamente en su balcón y aprendió a contemplar la tranquilidad de las cosas, que,  a pesar de las velocidades a que estaban sometidas, no se alborotaban ni se enfurecían, sino que estaban como paradas en su serena tranquilidad y en la tranquila serenidad de una naturaleza muerta.  Aceptar y acoger la velocidad era encontrar la paz.

 

 

Categorías: cuentos
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Un cuento del pasado

Marzo 24, 2008 · 4 comentarios

Una vez, hace mucho tiempo, un amigo, a quien yo apenas estaba conociendo, me visitaba con regularidad en mi casa sobre todo después de la U o algunos sábados en la tarde o domingos cuando no había mucho que hacer.  Mi habitación estaba en ese entonces en la terraza de mi casa y por capricho mio, dormía en un par de colchones que extendí en el piso, disponía de un sofá para las visitas y de una grabadora con cd, que en ese tiempo era casi una novedad para los que no teníamos dinero, un tocador y mi escritorio que me acompaña desde la infancia.

Categorías: Pensamientos
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