En las noches justo antes de dormir, cuando ya deposito mi cabecita en la almohada blandita que me hizo mi madre, mi mente retorcida comienza a pensar en cualquier tema, pero a veces me enloquece cuando piensa en dos o tres a la vez. Los pensamientos no todas las veces son de situaciones que me hacen feliz, algunos me estresan cuando se trata de trabajo o estudio u otros me ponen un poco triste, aunque hasta el momento, ninguno me ha quitado el sueño.
Pero sueño, que muchas veces es lo mejor, pero no todas, sobre todo cuando sueño que soy la protagonista de una película de acción, que extrañamente no es mi género favorito, pero es un sueño tan largo y tan lleno de actividades que me siento al despertar como si hubiese ido a cine y me siento lista para escribir un guión, que se me olvida lastimosamente cuando abro el chorro del baño para ducharme y salir de casa en menos de una hora. O cuando me pasa siempre que quiero volver a nadar en piscinas olímpicas, como la que tengo en disposición ahora, cuando sueño que nado y nado sin agotarme en lugares tranquilos, limpios y transparentes.
Me he levantado asustada otras veces cuando tengo pesadillas cuando algo me atormenta, muchas veces a causa de alguna banalidad y otras con algo que quizá me ha marcado afortunadamente no por mucho tiempo. Como las semanas enteras en las que soñé en las que encontraba de mil formas el libro que perdí un día en la Universidad siendo yo muy primípara o cuando he soñado que veo a uno de mis ex vestido con un ridículo pantalón naranja y una camisa a cuadros que no combina, con 10 kilos de sobre peso y lo he lanzado, después de darle una patada en el estómago, colina abajo dando vueltas sin parar y obviamente la gordura le ayudaba a rodar. O como aquella vez en la que desperté a medio vecindario cuando me puse a gritar a todo pulmón cuando soñé de forma muy real, mientras dormía en casa de una tía, que me encontraba sola durmiendo en mi casa de dos pisos y que los ladrones saquearon todo hasta llegar a mi habitación y forcejeaban mi cerradura para entrar y robarme, aquella noche me volví a dormir con un tremendo dolor de garganta.
Y qué hay de las veces en las que me permito soñar despierta, como aquellas tardes de descanso un domingo en los que después de hacer deporte y limpiar un poco mi aposento, me permito acostarme en el piso de mi terraza a mirar el cielo mientras sueño con mi futuro o con aquel que me da unos besos muy ricos y unos abrazos confortantes y, si acaso está lloviendo, me tiendo en mi cama a contemplar la lluvia que golpea las ventanas sumergida en un mar de elucubraciones revoltosas de color azul con tonos morados y a veces rojos de pasión.
Cinco minutos de no hacer nada en la oficina dan para mucho, sobre todo, para soñar!!!











